Dejarse despertar

Hay ocasiones en las que quisiéramos dejarnos despeinar y sentir el viento en el rostro. Hay momentos en los que la vida parece escaparse de las manos cuando más queremos apresarla. Se escurre entre los dedos como las ilusiones y los granitos de arena. Duele despertar a lo que somos y queremos seguir dormidas en lo que deseamos ser. El mañana guarda siempre promesas, posibilidades, la oportunidad de llevar esa vida fuera del orden que pervive en los sueños. 
Los días son únicos, los encuentros también. Allá donde los caminos convergen es seguro que está creciendo algo: una flor, una brizna de hierba, un viento extraño... Es ahí donde nace el estupor del cambio, aquello que nos hace vibrar ante lo nuevo, y de pronto brillamos con diferente luz. Salvo que nos dejemos arrastrar por el abismo, la aventura siempre es positiva, atrevernos a vivirla es ya en sí mismo un reto. 
La excepción hace muy malas migas con lo “cotidianamente rutinable”, y sin embargo de qué modo tan perverso nos dejamos atrapar. En nuestro más recóndito ser anhelamos la más excelsa felicidad, pero día tras día nos ceñimos a lo menos importante. ¿Junto a cuantas anodinas mañanas nos hemos despertado a lo largo de la vida? Por no hablar de las conversaciones, los encuentros, libros, estudios, relaciones... ¿Cómo ser felices sin seguir a nuestro propio yo? Escribiendo, me digo, pero parece que no me atrevo a comenzar la aventura.
Sé que dentro de mí aún vive la niña que sueña, para quien la vida es una aventura permanente. Ya es hora de dejarle el peine, las tijeras... y que haga lo que tenga que hacer.

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