Tiempo de felicidad

Los finales de Jane Austen siempre son felices. Al menos, los que conozco. No sé si alguna vez pudo imaginarse esta autora una sociedad que aborreciera la felicidad tanto como la nuestra, y que al mismo tiempo la inculcara como un deseo imprescindible. ¿Queremos ser felices? Para cualquiera que haga hoy la pregunta, la repuesta va a ser "no". Aunque bajemos los ojos, arrepentidas, y busquemos dentro de nosotras los argumentos perdidos, las razones nunca halladas. ¿Es posible ser feliz por encima de las imposiciones? Tantas veces he creído que no, que la idea ya casi parece mía. Y sin embargo, sé perfectamente que no lo es. 
Nunca he creído que no podamos aspirar a la felicidad, entendiendo que no es esta un estado de gracia permanente, ni una risa floja. Se trata más bien de apresar el momento, de amar aquello para lo que estamos hechas y de no dejarnos amilanar por nada y por nadie. El arribismo es nuestro peor enemigo, pero las palabras huecas, vacías, hilvanadas como un tapiz ya conocido, poco pueden contra un alma deseosa y deseante. Nada más y nada menos le pido a la vida: seguir disfrutándola, seguir aspirando cada bocanada de aire como si de una nueva región ignota se tratase. 
No puedo sentir la vida más que como un permanente y gran descubrimiento, una amalgama de emociones y destinos, una aventura permanente. No caben en mí las viejas rutinas y los platos sucios, esperando que alguien de nuevo los lave. No pienso esperar a que alguien venga a buscarme. Subo de nuevo al barco, es hora de partir, una vez más.


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