Claves para una novela

Lo que nadie sabrá nunca es por qué terminamos sentándonos en aquel bar. Hacía tiempo que no pasábamos por la Calle de las Horas, pero ninguno de nosotros recordaba el letrero, ni las mesas de formica blanca, ni las sillas de plástico. Tampoco nos impresionó el hecho de ser los únicos clientes, pero quién iba a estar fuera un martes de madrugada con este frío y la lluvia que seguro empezaría a caer en poco tiempo. Tomamos una mesa pequeña cerca de la ventana, casi más por costumbre que por consenso, aunque todos después coincidimos en que esa fue la primera y única decisión que tomaríamos esa noche. A lo lejos podía verse el farolillo de la esquina y el final de la calle, y aunque lo había visto decenas de veces, sentí las paredes más oscuras o tal vez fueran sólo las sombras del cielo las que me lo hicieran creer.
El camarero era un tipo adusto y flaco, pero eficiente. Seguramente habría sido él quien nos había indicado el asiento, y poco después estaba tomando nota de lo mismo de siempre en estos casos: dos copas de vino, un té caliente, un café y un vaso con hielo. Minerva dio un suspiró cuando éste se marchó por la puerta, detrás de la barra. La miré con una sonrisa cómplice, y ella me respondió, pero le cambió el rostro mientras se quitaba el abrigo como para disimular su desánimo. No me preocupó, había estado nerviosa toda esa semana, y esa noche pudimos convencerla para que dejase la investigación por unas copas de vino, una salida de onda para aliviar los papeles. Ella accedió de mala gana, más por el fallo de la impresora que por un deseo real de salirse del mundo. Nos acompañó a la cena aunque apenas comió nada, y luego, cuando Gerardo propuso la Calle de las Horas, pareció animarse un poco, lo cual ya era bastante en aquella época del año y en aquella situación. Entramos en la calle hablando de gatos, esa misma noche se nos había cruzado uno dos veces y yo juraba que no era casualidad ni tan fácil reconocer a un gato nada más verlo. Para Gerardo los gatos eran como los japoneses, todos iguales, y así no habría forma de identificarlos, es prácticamente imposible que reconozcas el gato que estuvimos a punto de atropellar hace unas horas, en plena noche y con este tiempo, ¿qué gato iba a salir con este frío?
—Razón de más para conocerlo —Minerva parecía enfrascada en su copa de vino, pero cuando se trataba de llevar la contraria, todo era comenzar— Si sólo hay uno, ¿por qué no puede ser el mismo? Apenas nos hemos separado unos metros del restaurante. A veces quieres ser tan racional que me das pena.
Intenté argumentar que el barrio estaba lleno de gatos, y que no era tan sencillo diferenciar a uno de otro, pero finalmente dejé que Gerardo le replicara, siempre resultaba más interesante escuchar la discusión de los demás que la mía propia.
El ruido del agua en los tejados me sacó de mis pensamientos. Me di cuenta de que hacía rato que nadie hablaba, y que el camarero nos había dejado solos en aquella sala enorme. Para intentar cambiar el ambiente, le pregunté a Gerardo si por fin iba a dejar el periódico, pero apenas quiso contestarme, así que me resigné a mirar por la ventana los charcos que se iban formando entre los adoquines de la calle, las cataratas de agua desde los tejados más próximos, y de pronto sentí que los cuatro hacíamos lo mismo, y que en el fondo no teníamos por qué haber salido esa noche, ni haber recordado la Calle a donde siempre íbamos cuando éramos estudiantes, porque ya no lo éramos y parecía que la calle tampoco era la misma aunque al principio nos lo hubiera parecido.
—Aquella noche también estaba lloviendo... —recordó Gerardo, pero enseguida Minerva le cortó con la mirada—¿Qué ocurre? ¿Ya no podemos hablar? ¿Ni siquiera eso?
—Vamos, Gerardo —le interrumpió ella— ni que hubieran pasado treinta años. Está todo demasiado fresco, del 96 para acá, ¿crees que ha pasado tanto? ¿Qué son diez, doce años, para la Historia? Nada, pura basura. Somos el relleno de las almohadas de los historiadores. ¿Todavía no te has enterado? Se acuestan con nosotros y se levantan al cabo de un siglo, con el libro entre los brazos, el libro donde estamos todos y cada uno de nosotros, pero digeridos, difuminados por la maraña de los grandes nombres. Nuestro pasado no es más que el bolo alimenticio de la Gran Digestión Universal...
—...Capitalista... —apuntó Circe.
—Llámala como quieras, cuando todo esto se hunda aparecerá otro monstruo, vendrán a buscarnos, a engullir los pocos huesos que para entonces nos queden.
—Llevas demasiado tiempo escribiendo, Minerva. Esto se está pareciendo cada vez más a una obra de Godot.
—O de Beckett —anoté yo.
No era mi intención ironizar, pero ciertamente el tono de mi voz sonó un poco a eso, y Minerva me lanzó otra de sus miradas, como quien enseña los dientes antes de morder.
—Ustedes no entienden nada. —continuó— Claro, es muy fácil teorizar en los círculos, hablar de revoluciones en los cafés y luego salir a la calle y ni enterarse de que está lloviendo...
—¡Y tanto! —sin querer se me escapó el sarcasmo que podía haber puesto fin a la noche si Gerardo no hubiera detenido a Minerva a tiempo, disculpándome al oído y buscando excusas allí donde yo no era capaz de encontrarlas.
Con ella siempre había sido así, desde los primeros años de facultad se había forjado entre nosotros una especie de tejido invisible, algo así como un escudo que con el tiempo tal vez habíamos reforzado, aunque en el fondo siempre hubiésemos sentido una especie de admiración mutua, como esos viejos matrimonios de intelectuales que se separan sólo para tener un cuarto propio, unos pocos libros, la alegría de visitarse y compartir.
—Pues yo no recuerdo mucho... —esta vez fue Circe la que interrumpió el largo silencio— de aquella noche, quiero decir.
—El alcohol es el opio del estudiante, —sentenció Minerva— Marx dixit. Del altar a la barra hay tanta distancia como aquello que sacrificas.
—Minerva, no creo que sea el momento... —interrumpió Gerardo.
—No soy yo quien tira piedras en el oscuro charco del pasado, para extender furibundas ondas hasta el presente. Es natural que una Circe envenenada por su propia lujuria se haya quedado borracha entre los brazos de algún Ulises...
—Me sorprende que digas eso —respondió Circe, herida, acercándose más a la mesa— Es demasiado vulgar para la diosa de las artes...
—No soy yo la que quiere hacer honor a su nombre.
—No es a mí a quien nombran cuando quieren poner el ejemplo de mujer reprimida.
Antes de que nadie pudiera pararse a pensar lo que Circe había dicho, Minerva le había lanzado el té que quedaba por encima. Circe se quedó rígida, abriendo y cerrando los ojos, sin poder articular palabra, con la boca abierta como queriendo gritar sin conseguirlo. Con ese reflejo que tantas mujeres poseen para anticiparse al peligro, Minerva se levantó y fue en su ayuda, dos cachetadas bastaron para que volviera en sí, mientras Gerardo y yo todavía intentábamos averiguar qué pasaba y sólo acertamos a oír una disculpa de Minerva, que sonaba más a desesperación, refiriéndose a los últimos meses, a todo lo que no hacía falta explicar porque ya todos sabíamos y lo peor era precisamente eso, que sabíamos, y los numerosos silencios de esa noche habían sido los más temidos de nuestras vidas, mucho más que la fuerza para no decir nombres en el cuartelillo, aunque nadie nos preguntase, aunque fuese sólo una noche y la policía estuviera dispuesta a pegarnos sin más, porque al fin y al cabo, para qué íbamos a engañarnos, los nombres ellos ya los sabían.
El camarero pareció percibir nuestra incomodidad, y surgió de entre la nada para recoger los vasos y limpiar la mesa. Circe aprovechó también para ir al baño a secarse un poco, y Minerva se excusó detrás de un cigarro que tuvo que fumarse en la puerta porque dentro no estaba permitido. Gerardo le daba vueltas a la caja de fósforos. Yo no quise mirar, para no obligarle a comenzar una conversación que ninguno de los dos hubiese afrontado. Había dejado de llover, y desde fuera se oían las voces de un grupo cantando el último éxito de un anuncio de televisión, eslogan que repetían sin cansancio, hasta que se perdieron dos o tres calles más allá. Pensé en los pocos años que nos separaban de ellos, en las grandes distancias que sin embargo ya se percibían, y por un momento me sentí viejo allí sentado, entre mis amigos de siempre, en el mismo bar de una noche como aquella, sin comprender aún por qué todo tenía que ser tan diferente, tan jodidamente distinto, y a un tiempo tan jodidamente igual. Uno crece añadiendo anillos a su tronco, creyendo que todo tiene su sitio, que unas cosas cambian y otras no, para luego descubrir que el tiempo va dejando huellas invisibles, que poco a poco nos convierte en exiliados que permanentemente regresan a un lugar donde ya no son, a personas, situaciones, que de pronto van desapareciendo.
En cierto modo, todos nos sentíamos un poco fracasados, aunque hubiésemos aceptado aquella calle como la Calle de las Horas o aquel bar como nuestro bar. No hubiera hecho falta entrar para darnos cuenta de la mentira en la que estábamos participando los cuatro, el engaño inconscientemente consensuado para evitar lo peor, la decisión que no queríamos tomar, aun sabiendo que estábamos allí para hacerlo.
—Estamos jodidos —la voz de Gerardo sonó a la del capitán de un submarino que acaba de encallar.
Le temblaban las manos y la boca, le daba vueltas a la caja de fósforos, como si esa acción hubiese podido revelar algo.
—Irremediablemente jodidos —repitió.
Entonces lo vi, noté el inicio del miedo en sus manos, un miedo profundo y antiguo como el de aquella noche, idéntico a aquel que lo había iniciado todo, y por el cual habíamos llegado hasta allí. Era lógico que apareciera. Es su mejor arma. Y todo poder sabe administrar su miedo, dependiendo de las consecuencias que quiera provocar: autoritarismo, dictadura, fanatismo, democracia. Cuanto más miedo y menor esperanza, mayor represión. Cuanta más esperanza y menor miedo, ilusión de democracia. Sin miedo y con esperanza, fanatismo. Por eso siempre tendremos los días contados.
No había sido necesario hacer ningún estudio para cerciorarnos de que, en aquellos momentos, el miedo estaba superando con creces a la esperanza y que, inconscientemente, el pueblo sería capaz en poco tiempo de solicitar un orden para un caos realmente inexistente, una sociedad que ya se habría percibido insegura porque así lo afirmaban todos los mensajes, aunque las calles fueran las mismas y el vecino siguiera estando ahí. Por eso era preciso actuar, los cuatro habíamos sabido desde el principio que llegaría ese momento y que tendríamos miedo, desde luego que tendríamos miedo, lo habíamos hablado tantas veces, pero tenía razón Minerva, Gerardo y yo estábamos acostumbrados a trabajar en la retaguardia, en donde no se arriesgaba tanto —al fin y al cabo, él más que yo, por el periódico— aunque también éramos necesarios, claro, pero no se arriesgaba tanto, y luego estaba Circe, que parecía no enterarse de nada pero que era quien ataba todos los cabos, como una detective digna del mejor relato de Allan Poe. Sus preguntas parecían estar elaboradas para sacar toda la información sin que la persona se diese por enterada, y antes de que ésta pudiera reaccionar, Circe ya la había dejado sola.
—Pensar en el pasado no resuelve nada, ¿verdad, Ernesto?
Circe se sentó, con un vaso en la mano.
—¿Acaso beber sí?
—Al menos, olvido.
—Pues llevas toda la vida intentándolo.
—Toda la vida es mucho tiempo, pero una nunca se cansa de practicar. ¿Te cansas tú de imitar a Gerardo?
—Yo no imito a Gerardo —respondí, un poco ofendido.
—Pues estás dándole la vuelta al posavasos igual que él.
Dejé la mano quieta. Gerardo seguía mirando hacia abajo, con la misma expresión de miedo y de impotencia que antes.
—Estamos jodidos— dijo Circe, mirándolo —Irremediablemente jodidos.
Bajé la cabeza como para no sentirme incómodo, pero en ese momento se oyó un frenazo y un grito que nos obligó a los tres a salir a la calle. En la puerta, Minerva se tapaba la boca, ahogando el llano, mientras el conductor del coche se bajaba para cerciorarse de lo que había pasado. Estaba lloviendo otra vez como al principio, y el agua impedía ver, incluso con los faros encendidos. Le escuché decir algo sobre un golpe seco, como si hubiese atropellado a alguien, pero por más que revisaba debajo de las ruedas no veía nada, ni siquiera restos de pintura o del parachoques. También nosotros miramos por los alrededores, pero sólo quedaba el agua corriendo por el empedrado y algunas sombras reflejadas en los charcos. El hombre nos dio las gracias y se marchó. Cuando volvimos al bar, Gerardo ya había pagado, y decidimos que ya era demasiado tarde para continuar. Mientras caminábamos en silencio, Minerva ahogó otro grito, señalando hacia la carretera. Un gato la había cruzado a toda prisa, perdiéndose por detrás de un muro.
—Ése es el gato al que casi atropella el coche —habló, asombrada por sus propias palabras.
No quise discutírselo, tal vez porque ya era demasiado tarde y no era el momento, o simplemente porque nosotros también éramos cuatro gatos que habíamos salido aquella noche con aquel frío y aún nos quedaba un buen rato de silencio para consensuar lo que todos sabíamos que iba a empezar en los días siguientes, cuando el periódico estuviera en la calle y todo esto pareciera algo más que las claves para una novela.

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